1.
Partir un sillazo a traición.
Es esencial, casi de vida o muerte se juraría, que el personaje más importante de esta acción cuente con una extraordinaria forma de parlamentar, porque al contrario de lo que se cree, que el protagonista principal es el que termina destruyendo en una mollera elegida la butaca (que en todos los casos debe ser de madera semidura), el ser que toma todo su valor de privilegio, dejando al agresor u autor material como un actor de reparto, es el que hace las veces de orador confundiendo la visión y/o intuición y/o panorama del dignatario de terrible asientaso propinado entre la oreja de un costado y la sien del reverso.
Una vez entendido que se necesitan dos sujetos para llevar a cabo el cometido, y luego de que cada cual tenga en claro el rol con el que participará de semejante acto de vandalismo, recién ahí, y no antes, se pasará a elegir al sujeto que recibirá la caricia de la leña, que en ninguno de los casos, aunque se tratase de un conocido del barrio o del club o de la facultad, deberá ser menor a treinta kilogramos fuerza por decímetro cuadrado.
Descritos de ese modo, obra, actores y forma del relato, lo que queda podría decirse que es la parte más fácil de la figura que se intenta dibujar. Para tal caso, pasaremos a llamar al personaje principal "orador", al golpeador "golpeador" y al receptor "blanco".
El orador aprovechará la ida al baño de la acompañante femenina (dado que puede imaginarse solo de esta manera porque de ser de otra, sin haber una acompañante femenina de un alto valor de belleza y o con un culo y unas tetas de novela, no habría razón alguna para propinar terrible impulso de la bronca encarnado en una silla) del blanco para acercarse con cualquier excusa o pretexto a platicar con él, mientras el golpeador se ubica en la esquina opuesta del salón, siempre en forma oblicua, para que el recorrido sea mayor que ocupando un lugar perpendicular o paralelo a donde se produce la charla. Debemos entender también, que orador y golpeador poseen de antemano un código que han establecido por medio de señas y o morisquetas para que este último pueda darse cuenta cual es el momento justo para impactar el balero del agraciado. Dicho momento, en el noventa y cinco por ciento de los casos, ocurre en el mismo momento o segundos más tarde de que el orador señale uno de los costados parietales del blanco para intentar mostrarle algo que en realidad no existe y de esa manera darle lugar al vaivén que vendrá en forma de viento o vientito exactamente del otro costado.
Lo demás es lo ya sabido, contestar preguntas de porqué, y también es sabido que la respuesta más usada estadísticamente es porque bardeó a mi vieja o si, por esas putas casualidades, la novia acompañante apareciera antes de tiempo por algún motivo que no viene al caso, y viese el momento justo del temblor a traición, el golpeador, avisado por una abertura desmedida de los ojos del orador (que significaría un "boludo, la mina vio todo, improvisá") lo más común es llenar de barro la cancha y lanzar un no te quiero ver más con mi chica.
Por último, solo quedaría aprovechar el tumulto o los pedidos de aire para el blanco sangrante desmayado para ganar la puerta, correr si se precisa, y ya no mirar hacia atrás.
Próxima Entrega.
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